Me llamo Marcos y tengo 17 años. Des de hace poco vivo en Riedera, una ciudad cerca de Madrid. Yo nací en Hackingam, una ciudad de Inglaterra, llegué aquí a España hace 4 años.
Mi madre también es inglesa, pero se conoció con mi padre en Madrid.
Mi padre es de allí, de la capital, es por él que conozco el idioma y me es tan fácil de aprenderlo. Des de pequeño me ha enseñado el español. También hablo alemán. Mis abuelos por parte de madre son de Winterthur. Dicen que es bueno saber por lo menos tres lenguas.
Al principio, cuando llegué aquí, a Riedera, le caía bien a todo el mundo. Todos creían que tener la vida que he tenido hasta ahora era fascinante. Además era buen estudiante, tocaba el piano, cantaba en una coral, corría en bicicleta y estaba de voluntario en el hospital.
Siempre salía los fines de semana con mis amigos. Todos me apreciaban, y estábamos pensando de formar un grupo de música con Jorge, que toca la guitarra, Antonio, que toca la batería, Marc, trombonista y Soraya y Ana, solistas, una voz preciosa.
Pero des de hace cerca de un año, me puse malo. Muy malo. Tenía Serpestes.
Es una enfermedad muy poco conocida, y todavía se desconocen los antídotos.
No se cómo la cogí. Pero me di cuenta demasiado tarde. De pronto dejé de tocar el piano. No tenía fuerzas. Los dedos empezaron a temblarme y no sabía qué hacer. Después dejé el ciclismo. Mis padres me llevaron al hospital. Nadie sabía lo que tenía. Mis amigos me giraban la espalda ante todo esto y hacían como que no me conocían. Les daba vergüenza pasear conmigo. Dejaron de llamarme y formaron el grupo de música ellos solos, Graps se llama todavía.
Yo deseaba lo peor. Ya nadie sabía de mi existencia. Todos evitaban mirarme. En el hospital me dijeron que ya no les servía.
Después de días y meses de buscar y llamar a remedieras, hospitales, profesionales y demás, continuábamos en el mismo punto que al principio. Pero yo mucho peor. No podía levantarme de la cama, casi no podía comunicarme, pedir agua me mataba, y beberla me infectaba la garganta.
No sabía que hacer.
Un día me levanté de la cama pensando en hacer lo que debía y que acabaría con todas las preocupaciones de todos. A mis padres les ahorraría los disgustos y tiempo malgastado. Además, ya nadie osaba entrar en mi habitación.
Me dirigí a un bosque que está a las afueras de Riedera. Me apoyaba a las barandillas, me caía constantemente, pero siempre conseguía las fuerzas pensando en que era lo mejor.
Por suerte no había casi nadie en las calles. Pero la poca gente que había se me quedaba mirando como si fuese un monstruo. Tenían razón.
Los pocos atuendos que llevaba no me daban mejor aspecto. El pelo alborotado, ojos hinchados, daba miedo de verme. Iba descalzo. Me clavaba poco a poco el suelo, las piedras, los chicles, desagradablemente odioso. Vagamente recordaba haber pasado felizmente con todos por esas calles, hablando del mañana, de qué seríamos en la vida, criticando profesores, o simplemente cantando por la calle.
Que desagradable era la falsa amistad. No me podía creer que me hubiesen girado la espalda.
Pero ya quedaba poco para llegar a mi destino.
De pronto, después de cruzar el primer árbol, empecé a recuperar las fuerzas. Era una extraña sensación. Nadie entraba en el bosque por miedo a las tinieblas. En cambio, para mi estar allí, suponía una vitalidad harmoniosa. ¿Porqué no habría entrado entes?
A lo lejos, divisé una suave luz que procedía del centro del bosque. No estaba seguro, pero algo dentro del poco corazón infestado que tenía me decía que entrase. Que alguien o algo me esperaba allí.
Entonces la vi.
Llevaba un vestido azul claro, sencillo pero lo hacia más hermosa todavía.
Parecía hecho a medida para ella. Iba descalza, pero llevaba una cadena dorada en el pié izquierdo. Era más bien bajita y un poco gordita, pero no perdía su encanto. Llevaba el pelo suelto, recogido en la suave luz que la envolvía.
Tenía una dulce expresión. Tenía los brazos extendidos hacia mi. Esperando a que diera el primer paso.
Inconsciente de lo que hacía pero como si hubiese vivido solo para vivir este acontecimiento, me dirigí havia ella. Me extendió la mano y se la apreté con suavidad. Ella se giro y me dirigió hacia el corazón del bosque. Una vez allí, se arrodilló con delicadez y me besó suavemente la mano. Cerré los ojos y noté como ésta me quemaba y a la vez me curaba. Cuando los abrí otra vez, ella no estaba. La hada había desaparecido.
De pronto me dormí.
Cuando me desperté, la luz volvía a estar allí.
- ¿Quién eres?
Se giró dándome la espalda, y seguidamente me pronunció:
- ¿Qué quieres, Marcos?
- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Quién eres?
Silencio.
- ¡¡Respóndeme!! ¿Qué quieres de mí?
- Marcos, tranquilízate. No es a mi a quien tienes que gritar. Es el mundo quien te ha dado la espalda. Por eso estamos nosotras, las hadas, para ayudar a los que se merecen vivir.
- ¿Hadas?
- Te concedo un deseo. Pero recuerda, solo uno Marcos, solo uno.
- ¿Cómo sabes como me llamo?
- Soy una hada, no lo olvides. Piénsatelo bien el deseo antes de pedir. Sólo tienes una oportunidad. Piensa en los que te han dado la espalda, los que han estado a tu lado y en lo que te mereces.
Me callé de pronto. ¿Hadas? Solo en los libros que antes de enfermar leí contaban estas cosas. Me froté los ojos con fuerza. ¿Un sueño? ¿Qué era esto?
Un solo deseo. No paraba de rondarme en la cabeza. Un deseo. Un solo deseo. ¿Vivir? ¿Era eso lo que quería? Me lo merecía. Me había esforzado al máximo, y al fin y al cabo, mira como había acabado. ¿Cómo había dicho? El mundo se ha girado hacía mi. Entonces sólo pensaba en dos opciones: vivir curado o pedirle que me matara sin sentir dolor alguno.
- Sólo se vivé una vez. Recuérdalo.
- Deseo....
Silencio.
- Deseo...
Silencio.
- Deseo...
Aaaaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrggggggggggggggggggggg!!!!!!!!!
- Marcos, ¿Estás bien?
- Deseo...
- ¿Perdón?
- ¿Soraya? Ha sido todo tan real...
- Tranquilízate.
- Después de darme la espalda me dices que me tranquilice?
- Marcos, respira hondo. No te hemos dado la espalda. Has estado en coma un mes y medio. Hace dos días has empezado a despertar, pero no ha habido manera de romper el hilo de tu sueño. Llevamos 48 horas aquí, sin dormir. Entiendo que estés confundido. Pero, que sepas que estamos aquí, y que ninguno de nosotros te ha dado la espalda.
- ¡¡¡Mentirosa!!!
Cuando intenté levantarme los vi a todos.
Todos los verdaderos amigos que he tenido hasta ahora. Me miraban con cara de preocupación pero a la vez de haberse quitado un peso de encima.
- Gracias.
¿Pero qué decía? ¿Gracias por qué?
- Marcos, te queremos todos. Y es por eso, que después de matarnos a buscar, hemos conseguido un suma de dinero considerable en conciertos, vendiendo objetos o fabricándolos, y te hemos traído a Blegh. Es una ciudad con la mejor salud de Europa. Aquí te han sometido a muchísimas pruebas mientras estabas en coma. Por fin han encontrado una solución a tu problema. No es del todo seguro, pero dicen que tienes oportunidades.
- Es verdad. Nos ha costado muchísimo trabajo traerte hasta aquí.
- Estamos todos esperando a que te recuperes y puedas tocas con nosotros...
- Otra vez.
No me pude contener y se me saltaron las lágrimas.
TOC TOC TOC TOC
- ¡¡Se ha despertado!! Doctora!!
Entonces apareció ella por la puerta. Pero el vestido no era azul, si no blanco, como el de los médicos y enfermeras.
- Por favor, os pido que salgáis mientras me quedo con él a solas.
Mis amigos se marcharon pero no sin antes saludarme con la mano o mandándome un beso.
- ¡Tu! – Dije tan pronto como se fueron todos.
- ¿Si?
- ¡¡Eres la hada!!
Se giró hacia la ventana, pero no pudo evitar una sonrisa acompañada de una lágrima.
- Marcos, no pude dejar que pidieras tu deseo. Si pedías al muerte, destinabas a todos los que te quieren a una vida de infelicidad y culpa.
- Yo... quería vivir.
- Ya lo se.
- ¿Y por qué soñé que ellos me daban la espalda?
- Es lo que más miedo te da.
- Gracias.
- No hay de qué. Ellos te quieren, no dejes que el miedo te confunda.
- Pero... ¿Quién eres en realidad?
- Jiji...
- ¿Qué pasa? ¿No puedes responderme?
- Soy una elegida. Tu fuiste elegido para vivir y yo fui elegida para cumplir tu misión.
- Eres.... ¿eres mi hada gemela?
No pudo lograr que no le viese caer una lágrima.
- Mi misión se acaba aquí. No olvides nunca lo que te ha pasado. Pero sobretodo, nunca, nunca, nunca cuentes lo que te ha sucedido. Sino no tendrás una segunda oportunidad. Las hadas necesitamos mantener en secreto nuestra identidad.
- Una última cosa... Tu nombre por favor. Dame solo un nombre.
- Arándana.
Me giré para intentar levantarme, y cando me volví ella ya no estaba. Había desaparecido entre la brisa que iniciaba un nuevo día.